Cada que uno se enamora se vuelve cursi y pendejo a mas no poder. Eso de enamorarse de una puta tambien me sucedio hace algunos años, nada mas que yo no hice cancion (tan pinche cursi no soy) pero si me salio algo parecido a un cuento pretencioso y mamon.
Ahi 'ta para que se lo chuten si es que no les da hueva.
BRANDY
Era la primera vez que estaba en Tampico con la sola idea de conocer la ciudad. Un amigo y yo caminábamos aburridos en el centro, por veinte pesos de cover salimos de la noche, entramos a un cosmos de pequeños soles amaneciendo, lámparas de luz negra hacían brillar una serie de descarapelados murales de mujeres desnudas, el ambiente se adhería a la piel como un gel formado de música, sudor y semen. A pesar de ser miércoles, el lugar estaba abarrotado, había que hablar casi a gritos para hacerse escuchar, encontramos una mesa cerca de la pasarela, nos sentamos y pedimos solera pintado.
Una mujer semidesnuda paseaba sus abundantes carnes de un tubo a otro intentando bailar sensualmente. Esto no promete mucho –pensé-. En la penumbra pululaban figuras boterianas con faldas cortas, zapatos de plataforma increíblemente altos, escotes pronunciados luchando por contener tetas ansiosas de salir a la menor provocación, y miradas indiferentes entre aburridas y cansadas.
Giré la cabeza buscando al mesero, de pronto, tropecé con un par de ojos, fue un parpadeo, pero en esa pequeña fracción de tiempo vi pasar el cielo y la tierra por ellos. No lo dude un instante y camine hacia ella.
-¿Me dejas invitarte una copa? –Pregunté.
-No puedo tomar.
-Pues pide un jugo, un refresco o algo así.
-Esta bien, vamos a tu mesa.
Rompía completamente con la pauta de sus compañeras. Era delgada, sus piernas se elevaban imponentes sosteniendo una cadera prominente y firme, debajo de un minúsculo vestido negro se adivinaban dos pechos arrogantes, hombros tersos, cuello largo, elegante y blanco como una pequeña torre de marfil, rostro ovalado, labios delgados matizados con fuego, un pequeño lunar cerca de la comisura derecha los hacia mas apetecibles; nariz recta, ojos cafés que encerraban el mundo, y cejas perfectamente delineadas, el cabello le caía como cascada carcajeándose sobre el torso. Tampoco su olor era común, la rodeaba una tenue aura salpicada de flores silvestres. Era la puta más hermosa que hayan visto mis ojos.
-¿Cómo te llamas? –Pregunté.
-Brandy. -Su nombre se escucho tintinear dentro del vaso, sorbí un trago para saborearlo entre mis labios pero se evaporo cálido como un abrazo.
-En serio. ¿Cómo te llamas realmente? –Insistí.
-En serio, así me llamo. –Sonrió.
-¿Brandy? -Sentí prolongarse el nombre como se prolongo su sonrisa, como sus manos y sus finos dedos.
-Eres la chava mas guapa de aquí y de muchos otros lugares, -le dije- y no es por adularte.
-No es cierto, hay muchas chicas bonitas. De cualquier manera gracias.
-No des las gracias por lo que resulta evidente. Es mas, no voy a hablar y me voy a dedicar a ver tus ojos por que me atraparon desde el primer momento.
Entre trago y trago de las siguientes dos cubas me dedique a recorrer su bello rostro con la mirada. Me preguntaba para mis adentros que hacía una mujer como ella en aquel antro de mala muerte. Pude observar como sus ojos se despeñaban por entre las cenizas del cigarro, dejando un resabio de incomodidad atorado en sus pestañas.
-¿Te molesta que te vea tanto?
-No, pero me siento extraña. ¿Por qué no haces otra cosa? –Preguntó.
-Porque me gusta verte. ¿Qué más podemos hacer?
-Muchas cosas. –Contesto con un dejo de coquetería profesional.- Podemos…
No voy a mencionar aquí todo lo que platicamos y lo que hicimos, por que la mayor parte fue intrascendente. En un momento en que mi amigo desapareció de la mesa ella apunto su teléfono en una servilleta diciéndome que le llamara para vernos fuera de su trabajo, algo que no puedo negar me sorprendió. Algunos tragos después platicábamos de poesía con una puta hermosa en un table dance chafa dándonos ínfulas de muy conocedores, y yo, un poco enamorado.
Se nos terminó el dinero y con ello la compañía. Me despedí de Brandy con un par de besos y la ilusión palpable en la bolsa del pantalón de pasarme un día completo sumergido en sus ojos y en algunas otras partes de su anatomía. Entramos nuevamente a la noche caminando bajo un torrencial aguacero.
A la mañana siguiente, en medio de la cruda, busque la servilleta; estaba deshecha y el número telefónico ininteligible. Un día de estos tendré que regresar a Tampico.